Estaba pasando un día muy agradable con la americana que conocí el mes anterior, con la cual mantengo una relación un tanto indefinida por el momento. Cada vez que voy a verla pienso en confesarle mis pecados, decirle que soy un golfo y que nunca será mi novia, si eso es lo que está empezando a imaginar. Idealmente me gustaría mantenerla como “amiga con derecho a roce”, aunque intuyo que a ella no le gustaría tanto la idea. Si pretendo seguir viéndola tengo que ser sincero con ella, y si no le gusta la verdad, entonces aceptaré que quiera que no volvamos a vernos. Pero de nuevo, me las ingenié para evitar tener esta conversación. Tras un par de cervezas al sol fuimos a su casa. Me senté en su sofá, me sirvió un vaso de agua y anunció que tenía algo importante que decirme. Visiblemente avergonzada me contó que era probable que me hubiera transmitido Clamidia. Al parecer, un chico con el que ella mantenía relaciones –supuestamente antes de conocerme– la llamó unos días antes para advertirle. Eso es lo que ella me dijo, pero es probable que realmente esto ocurriera después de conocerme. Si me mintió, la verdad es que no soy quién para reprochárselo, así que no puedo enfadarme por ello. Intenté tranquilizarla y le dije que “son cosas que pasan” y que me haría las pruebas. Obviamente ese día ya no íbamos a follar, y realmente no teníamos mucho más que hacer, por lo que después de darnos un rato el lote –con limitaciones– en su sofá, como dos adolescentes cachondos, me despedí de ella y volví a mi casa.
Aún quedaban algunas horas de sol y hacía un día estupendo como para quedarse en casa, así que pasé por allí a por un libro y salí a la calle con la intención de leer un rato. Compré un café para llevar y me senté a disfrutar de mi lectura y olvidarme de las ETS. Estuve concentrado en el libro durante un rato hasta que una chica joven, guapa, vestida elegante y con aspecto extranjero, se sentó a mi lado y también empezó a leer un libro. En el extremo opuesto del banco ya estaba sentada otra persona, por lo que la nueva ocupante se posicionó entre los dos, lo que nos situaba muy cerca. Pasé los siguientes diez minutos intentando leer el mismo párrafo una y otra vez sin conseguir entender ni una frase. Perdí completamente la concentración en el libro y mi cabeza solo podía pensar en buscar la manera de iniciar una conversación con aquella desconocida. Aproceché que la chica estaba haciendo una foto a unos pájaros que se habían posado en el árbol de al lado para hacer un comentario sobre ello. El comentario no tenía ninguna relevancia, pero fue sufieciente para comenzar aquella conversación que se extendió hasta alrededor de una hora. Verbalmente fue todo muy indirecto, pero el contacto visual y la cercanía estaban haciendo todo el trabajo. Me gustó adivinar que ella era rusa, y a ella le gustó saber que yo soy madrileño. Me contó que estaba enamorada de Madrid y que era su sueño vivir en esta ciudad desde muy pequeña. No recuerdo muchos detalles del contenido de aquella conversación, pero si recuerdo que no hablamos de nada muy relevante, que estábamos muy cerca, que nos mirábamos fijamente a los ojos y que estábamos demasiado a gusto como para no conocernos de nada. Ella misma pidió intercambiar contactos cuando nos despedimos.
Me llevó nada menos que 5 citas seducirla, lo que la convierte hasta ahora, no la más difícil de mis conquistas pero sí la más lenta. No voy a describir las citas detalladamente, pero si algunos detalles interesantes que me gustaría recordar.
A todas las citas vino siempre vestida impecable, lo cual potenciaba aún más el atractivo natural de sus 24 años, de su cara de proporciones perfectas, sus ojos claros, y de su figura delgada con una cintura extremadamente fina. Inconfundiblemente rusa. Se presentó a todas nuestras citas preciosa, con sus vestidos, faldas y trajes, y siempre con tacones. Llama mucho la atención y es espectacular pasearse con ella del brazo. No sólo es una chica elegante en la forma de vestir, también en la forma de ser, es muy educada. Cuida mucho sus formas, hasta el punto de pelar las gambas con cuchillo y tenedor. Durante las citas verbalizó en varias ocasiones ser ambiciosa y disfrutar del lujo, haciendo comentarios tan esperpénticos como “es peligroso pasearse con un Rolex por estas calles”, mientras caminábamos por uno de los barrios más seguros de la ciudad. Siempre que entrábamos en algún bar normal, ella se mostraba incómoda y me miraba confundida. Constantemente proponía que fuéramos a sitios caros y evitaba a toda costa entrar en los bares “cutres” que a mi me gustan. Mencionó haber mantenido una relación estable con un hombre mayor que yo –y con más éxito en la vida– antes de conmigo, con el que estuvo a punto de casarse, pero que él la engañó y se fue con otra chica. Por las historias que me contó, intuyo que este la tenía acostumbrada a un nivel de vida alto y lleno de ostentación. Yo en todo momento procuré desmarcarme de esa posición y le mostré que soy un tío normal, que me gano la vida lo suficientemente bien como para disfrutarla, que soy feliz con lo poco que tengo y que no tengo especial interés en pegarme grandes lujos materiales. Aún con todas sus peculiaridades de niña rica, es una delicia de mujer, dulce e inteligente, y rebosa feminidad en cada uno de sus movimientos.
En una ocasión estábamos sentados en el banco de una plaza, ella apoyó su cabeza sobre mi hombro y se quedó ahí un buen rato, mientras yo le hablaba y disfrutaba absorto en la vista de su cuerpo junto a mi, apreciando sus uñas color “rojo ruso”, a juego con su falda del mismo color, que dejaba ver sus bonitas y finas piernas blancas que yo me perdía acariciando. Literalmente me derrito recordando estos momentos en los que ella de forma aparentemente inconsciente derrama todo su encanto natural sobre mí. Ese día ella estuvo especialmente cariñosa conmigo, sugirió cocinar otro día para mí y me invitó a una pequeña fiesta que organizaría en los próximos días en su casa. Pero yo ya venía mosqueado por su actitud de princesa de los días anteriores y tenía pensado no dejar pasar ni un día más para decirle que yo no era el tipo de tío que iba a financiar todas las citas. Y eso hice, tras soltar unos 200€ en las primeras citas en las que ella no hizo el más mínimo amago de pagar algo, le confesé que eso me molestaba, a lo que ella respondió de forma sorprendentemente positiva. Tras ello sugerí terminar la tarde y acompañarla a su casa. Por el camino ella se agarraba a mi brazo y me miraba con preocupación con esa mirada que en principio me parecía fría y poco expresiva, pero en la que ahora puedo frecuentemente intuir muchos de sus pensamientos. La dejé en casa, le dí un beso de despedida y me fuí. Siempre hubo besos de despedida frente a su portal. Siempre luchando en contra de mis impulsos por devorarla en esos momentos, siempre fui yo el primero en apartarla y marcharme. Su férrea resistencia a mis avances y su actitud de princesa me trajeron muchos dolores de cabeza, pero al final empezamos a entendernos y así a gustarnos aún más. A partir de ese día, ella entendió que no me gusta ser su cajero automático, y yo entendí que ella está acostumbrada a responder con otros detalles, lo cual me mostraría en nuestros siguientes encuentros.
Los siguientes días quedamos para cocinar en mi casa, otro día me hizo una visita y me regaló un libro. También, como decía antes, me invitó a una pequeña fiesta unos días después en su casa. Durante la fiesta, ella bebió más vino del habitual, nunca había bebido más de dos en los días que habíamos quedado. Su amiga –otra rusa preciosa– y ella me interrogaron en su cocina. Me hacían preguntas y mientras me observaban, comentaban en ruso lo que parecían ser conclusiones sobre mí. Puede parecer algo maleducado por su parte pero lo cierto es que este juego me resultó gracioso y realmente sentía que todo lo que concluían en su lengua era positivo. Tras el interrogatorio, me pidieron dejarlas solas, enviándome “a abrir otra botella para los demás”. Volví al salón y abrí una botella de tinto. Me senté en el sofá, y rellené la copa a otras dos de sus amigas rusas. Estuve entreteniéndolas un rato mientras mis interrogadoras tenían una conversación de chicas en la cocina. De alguna manera, poco más tarde nos quedamos solos en su cocina, besándonos con más intensidad de lo habitual. Después metiéndonos mano en su despacho. Y cuando todos se fueron, follando en su habitación.