Conocí a Patricia una tarde de septiembre, pocos días después de mi llegada a la capital. Había quedado con unos amigos para tomar unas cañas por el centro y por el camino hice un poco de daygame. Mi primer abordaje fue a una jovencita rubia alemana, estudiante de Erasmus. Fué una de estas que se quedan en el sitio absorbiendo el momento y parece que podrían quedarse ahí hablando todo el día. Después de un rato de conversación me quedé su número y quedamos en tomar una cerveza otro día. Pero esta no es la protagonista de esta publicación, probablemente lo será de una futura ya que en este momento me encuentro en negociaciones con ella para concertar una cita en los próximos días.
Tras otro abordaje fallido, divisé a una chica delgada, de piel muy morena, con el pelo largo y denso que le caía por la espalda hasta un precioso culo. Caminaba por Gran Vía hacia mi y se metió a una pequeña calle perpendicular donde la paré. Fue un abordaje un poco atropellado, le acusé de distraerme y hacerme llegar tarde a mi cita con mis amigos. Me dijo que tenía 18 años y me preguntó mi edad. Se la dije y la diferencia no pareció importarle demasiado. Al principio hacía como que se iba y de no ser porque fui persistente, ella habría seguido caminando y nada de lo que voy a contar a continuación habría sucedido. Conseguí que parara y tuvimos una conversación corta, de no más de 2 minutos, nada espectacular pero suficiente como para que me diera su número de teléfono. Tras esto seguí mi camino para encontrarme con mis amigos.
Desde aquel día intercambiamos mensajes esporádicamente, hasta que conseguimos cuadrar una cita, hace un par de semanas. Tomamos unas cervezas en una terraza donde nos contamos nuestra vida y nos conocimos a un nivel más personal. Éramos evidentemente de mundos distintos, pero todo esto no importa cuando hay atracción. Podríamos haber tenido la conversación más estúpida del mundo o podríamos haber hablado de física cuántica o de arte neoclásico, de cualquier modo yo habría estado igual de hipnotizado por esos ojos oscuros y esa cintura perfecta que mostraba el pequeño top que cubría su pecho. Nunca entiendo a los tíos que dicen que las chicas más jóvenes les aburren porque no tienen conversaciones interesantes. Personalmente me da absolutamente igual el tema de conversación, me da absolutamente igual su nivel intelectual, no es esto lo que busco. Es la energía que fluye en el ambiente lo que me hace gozar de estos momentos. Es su presencia y la electricidad que se crea entre los dos con cada roce y cada mirada.
Invité yo a la primera ronda, ella a la segunda. Las chicas españolas suelen ser bastante justas en este sentido, no importa su edad, pueden incluso enfadarse si no les dejas pagar. Bendito feminismo. Lo que yo hago normalmente es pagar la primera ronda y normalmente ella se lanza a pagar la siguiente. Algunas incluso ofrecen dividir la cuenta, pero esto me parece ridículo, incluso con un amigo. Si veo que hay una diferencia de estatus económico muy grande, entonces intento invitar yo a un 75% de lo que tomemos, y dejarle invitar a ella a alguna cosa. En España, a los tíos que invitan a todo se les suele llamar “paga-fantas” y está bastante mal visto socialmente. Sin embargo muchos lo hacen en un estúpido intento de mostrar estatus e impresionar a la chica, pero como bien está ya registrado en la literatura, normalmente el resultado de esto es que crean una dinámica negativa, en la que ellas ven al “paga-fantas” como un proveedor, muy lejos de la figura del amante en el sentido más puro de la palabra.
Pero ya me estoy yendo por las ramas. Volviendo a la cita, en este primer bar hubo unos pocos roces, y algo de flirteo inocente. Empezó a hacer un poco de frío así que nos movimos a otro bar cubierto. Entramos en el bar. Todas las mesas estaban dispuestas de forma que teníamos que sentarnos uno delante de otro. Quería empezar a calentar un poco el asunto, así que no podía permitirme situarme lejos de ella. Me puse a su lado con la típica de “no quiero que esto parezca una entrevista” y ella lo agradeció. Hacía fresco así que jugué a arroparla abrazándola hacia mi. La conversación fué todo el rato muy vacilona e inevitablemente acabé besándola. En un primer instante se apartó de forma juguetona, pero sonrió y se lanzo a besarme. Estábamos hablando de gustos musicales en común, así que aproveché esto para proponerle que fuéramos a mi casa a escuchar esa música con la última cerveza. Pagué, nos levantamos y le dije que tomaríamos un taxi para ir a mi casa. Ella propuso ir en metro y yo estúpidamente acepté. Este movimiento fue crítico. Era tarde, ella vivía bastante lejos y el metro cerraba en un rato, así que este rato de andar hasta el metro le hizo reflexionar y una vez dentro de la estación decidió tomar el tren en dirección a su casa. Así que aquí terminó nuestra primera cita. No había estado mal, pero sabía que una chica de 18 años podría olvidarse rápido del buen momento que habíamos pasado juntos y era muy probable que no la volviera a ver.
Afortunadamente no fue así. Al día siguiente recibí un mensaje de ella preguntando si había llegado bien a casa. Acordamos vernos el fin de semana siguiente.
El día de la segunda cita propuse quedar más temprano que la otra vez ya que no quería que se hiciera muy tarde y se fuera como la vez anterior. Llegué al punto de encuentro en hora y ella llegó 20 minutos tarde. Lo normal. La vi acercarse a mi cruzando la calle, con una sudadera negra con capucha, de talla grande, unos pantalones más generosos con su figura, también negros y unas Jordan. Llevaba un estilo urbano, pero aparentemente arreglado. No entiendo mucho de este tipo de moda, y tampoco soy muy partidario de ella, donde estén unos buenos tacones y un vestido elegante que se quite todo lo demás. Pero esta chica podría vestirse con una bolsa de basura y estaría igualmente buena. De todas formas aprecié que se arreglara, aunque fuera a su estilo, y me pareció que estaba realmente guapa. Es difícil no estarlo con esos ojos, esa melena y esos labios.
La llevé a un pub inglés que tenía ganas de conocer. Entramos en el local, pedimos dos cervezas y elegimos un sillón cómodo. Yo me derretía con cada una de sus reacciones y sus risas y a veces perdía el hilo de la conversación porque me quedaba embobado mirando aquellos labios hablándome. Ella se daba cuenta y le hacía gracia. Creo que le dí buen juego, una de cal y una de arena, a veces combinadas, le decía que era una antisocial mientras agarraba fuerte su muslo o me apartaba de ella a la vez que le decía lo sexy que me parecía su labio de abajo y su brazo derecho, no tanto el izquierdo. Ella me agarraba el brazo y respondía con entusiasmo a todos mis avances.
No era muy tarde cuando terminamos la segunda cerveza. Propuse ir a mi casa a escuchar música con una botella de vino blanco. Salimos del pub, y esta vez sí paré el primer taxi que pasó por la calle.
En unos minutos estábamos en mi casa. Puse música, serví dos copas de vino y me senté junto a ella en mi sofá, que es probablemente el sofá más incómodo del mundo. Sinceramente estaba algo nervioso porque sabía lo que estaba a punto de pasar y tenía esa presión de no querer cagarla en el último momento.
Con Xtal de Aphex Twin sonando me relajé un poco y empezamos a enrollarnos mientras jugábamos a buscar posiciones para tumbarnos. Pero el sofá es tan pequeño que la única manera de tumbarnos que encontramos fue ponernos uno encima del otro. No tardamos en ponernos más cómodos en mi cama, y nos lanzamos a deborarnos mutuamente. Acaricié un poco su coño por encima del pantalón negro pero no pude resistir a meter mi mano por dentro enseguida y sentí por primera vez su perfecta vagina, rasurada, empapada y ardiendo. Subí su top, no encontré sostén, directamente vi sus dos pequeños pechos que me iba a gozar durante un buen rato esa noche. Le quité los pantalones, y se quedó en un tanga negro —a juego con el resto de su outfit— que resaltaba su culo perfectamente firme, de un tamaño perfectamente pequeño. Soy un hombre de culos pequeños. Absorbí con toda la intensidad que pude cada momento de ese primer polvo, sus gemidos y pequeños grititos, cómo me miraba a los ojos mientras la montaba, decía mi nombre y me volvía loco. Mi polla se sentía enorme dentro de su cuerpo tan pequeño, y cada embestida que le daba la sentía en lo más profundo de mi alma. Follamos hasta terminar “Selected Ambient Works”.
Puse otra lista de reproducción y nos metimos entre las sábanas a descansar. A juzgar por la serenata de gemidos que me había dado y las vibraciones de su cuerpo, diría que ella lo había disfrutado bastante. Pero era evidentemente que quería más. Yo necesitaba recuperar, pero 5 minutos después de correrme ya estaba como una piedra de nuevo, recibiendo una de las mejores mamadas de mi vida. Me puse otro condón y la monté un rato. Ella evidentemente quería seguir la sesión, pero los 5 minutos de descanso no fueron suficientes para mi amigo. La falta de tiempo de recuperación y la resaca del día anterior hicieron que no pudiera mantenerlo arriba. En este momento me frustré bastante, quería con todas mis ganas dejar satisfecha a esta criatura angelical antes de que saliera de mi casa. Conseguí levantarla de nuevo tras mucho roce, me puse otro condón y la follé unos minutos, pero se me volvió a bajar poco después. Estaba agotado.
Me rendí y finalmente descansamos, con ella encima de mi hasta que tuvo que irse para no perder el último bus de la noche hacia su casa en una ciudad del extrarradio de Madrid.
A pesar de la increible experiencia, me quedé con una sensación un poco agridulce por no haber rendido como me hubiera gustado. Mis intentos desesperados por empalmarme fueron demasiado evidentes y siento que hice el ridículo por ello. Aunque creo que conectamos y ambos lo hemos pasado muy bien, también pienso que somos de mundos completamente distintos. Ella es muy joven, es una chica preciosa entrando en el pico de belleza de su vida, con las hormonas por la nubes, podría estar con cualquier hombre que se propusiera. No estoy seguro de que pueda mantener su interés por mucho más tiempo. Pero la verdad es que me muero por volver a quedar con ella.