El pasado viernes noche conocí a Marta en un bar. Me fijé en ella y su amiga poco después de entrar en el local. En principio no me llamaron especialmente la atención, pero era el único grupo abordable, así que me acerqué a ellas, interrumpí su conversación y desde el inicio ambas me recibieron de buen rollo.
Marta llevaba un vestido negro muy corto y unos tacones que acentuaban un cuerpo naturalmente bonito. Visiblemente madura, se podía intuir que había tenido tiempos mejores, pero se mantenía bien y tenía un morbo especial. Su amiga parecía un poco más joven, era guapa pero no tenía el brillo que vi en Marta.
Me quedé un rato hablando con ellas, en el que no hubo un flirteo muy intenso, más allá de un poco de vacile para dejar claro que estaba ligando con ellas, pero procuré ser sutil. En aquella situación me pareció más importante generar confianza con las dos para más tarde escalar con la que me gustaba sin que me molestara la amiga.
Más tarde les presenté a Bonaparte, quien me apoyó durante un rato distrayendo a la amiga. Cada uno hablábamos con nuestra chica y todo parecía fluir, hasta que apareció un borracho que empezó a comerle la oreja sin piedad a la chica de Bonaparte. La chica, visiblemente aturdida, agarró a Marta para marcharse. Nos depedimos y me apunté el número de Marta “para tomar unos vinos otro día porque me había parecido mona”.
Los días de después intercambiamos unos pocos mensajes. Inicialmente no percibí señales de que estuviera muy interesada. Pero el lunes por la mañana le propuse “tomar un vino después del trabajo para empezar bien la semana” y sorprendentemente aceptó.
Salí un par de horas antes de la cita para “calentar”. Durante este rato hice 6 aperturas que resultaron en 2 contactos y esto me ayudó a entrar en buen estado.
Ambos llegamos al punto de encuentro tarde pero a la vez. Mi primera impresión al verla fue de decepción. Se presentó sin arreglar lo más mínimo, con la ropa con la que venía de trabajar: camiseta, pantalones y zapatillas tipo Converse. Yo me había puesto guapo para la ocasión y no me gustó que ella fuera tan casual en comparación, pero aun así decidí darle una oportunidad y ver cómo se desarrollaba la cita.
Le había prometido llevarla a un bar que le gustaría, así que caminamos hasta allí y pedimos unas copas de vino. Yo estaba algo desmotivado, no solo por su aspecto descuidado, también porque la conversación no fluía y notaba algo de fricción cultural entre los dos.
Aunque en lo personal no estábamos encajando demasiado, estaba lo suficientemente buena como para hacer el esfuerzo y entretenerme esa noche. Así que nos movimos a otro bar, y el alcohol empezó a hacer su efecto. Con cada trago la percibía más atractiva. Ambos fuimos acercándonos y poniéndonos más cariñosos, progresivamente. Me empezó a dar señales de interés, poniendo ojitos, riendo todas mis tonterías y situándonos cada vez más cerca, hasta que la besé. A partir de ahí fue fácil. Le dije que quería secuestrarla, y ella aceptó ser mi víctima. De una manera excesivamente racional, discutimos dónde sería mejor ir a follar y finalmente acordamos ir a mi casa.
Nos subimos a un Uber, y en la oscuridad de los asientos traseros puse mi mano entre sus piernas. Empecé a acariciarla por encima del pantalón y ella se apretaba contra mi mano. Subimos a mi casa y poco después estábamos desnudos en mi cama.
Fue un polvo bastante guarro. Su primer squirt me lo llevé en el pecho durante un 69. Después seguí montándola y ella siguió chorreando sobre mi polla.
Tras correrme, tuvimos un poco de conversación post-coito como el protocolo indica. Me preguntó qué edad creía que tenía. Respondí —tirando a la baja— que 34 y ella me dijo que le diera la vuelta a los números y esa era su edad. Me sorprendió porque realmente estaba en buena forma para tener 43 años.
Ambos trabajábamos al día siguiente, así que teníamos que despertarnos pronto. A pesar de que nos quedaban tan solo unas 4 horas de dormir, ella propuso poner una alarma una hora antes para echar un “mañanero” antes de marcharse. Programé el despertador y nos fuimos a dormir encima del charco de sus fluidos.
Yo estaba empezando a quedarme frito cuando ella se posicionó frente a mi y en la oscuridad acercó sus labios a los míos. Empezó a besarme y me metió la lengua hasta la garganta. No le costó ponerme duro de nuevo, así que pronto comenzamos la segunda ronda. Ella encharcó de nuevo la cama con sus fluidos y yo me corrí en su boca. Antes de dormir, fui al baño a limpiarme y ella, sin ningún pudor se sentó en el váter y comenzó a mear delante de mí como si nada. Volvimos a la cama y por fin nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente sonó la alarma, yo no podía ni con mi alma, estaba convencido de que no iba a poder cumplir mi misión mañanera, pero ella —con sus poderes mágicos de ninfómana— consiguió levantármela de nuevo así que echamos un último polvo hasta que se marchó a trabajar.