Adiós Holanda

El cielo permaneció gris durante todo el mes de Julio hasta el día que marché. Por si no fuera suficiente con soportar esta atmósfera deprimente, los pocos “leads” que fui capaz de cosechar durante las semanas anteriores fueron evaporándose uno a uno. Observé desvanecerse todas las posibilidades de añadir una nueva muesca a mi cinturón antes de abandonar definitivamente el país. Tras más de un año sin resultados, no podía evitar sentir el peso del más rotundo fracaso. Fue duro asumir la derrota. Aun lo es.

Fueron días de despedidas, no muchas, no muy sentidas en general. Salvo el día que me despedí de mi más fiel “wing” en la ciudad, Aristóteles, quien había sido mi compañero de batallas durante más de un año. Aristóteles y yo conectamos desde que nos conocimos por ser ambos mediterráneos —él es griego— y porque compartimos muchos de los puntos en los que nuestras respectivas culturas chocan con la neerlandesa. Compartimos innumerables cacerías juntos en las calles holandesas, nos vimos triunfar y hacer el ridículo mutuamente, empujándonos a abordar a cientos de rubias mutuamente y reflexionando sobre nuestros ligues entre cervezas.

Unos días antes de mi partida, Aristóteles marchaba a su Grecia natal donde pasaría el verano, así que quedamos para salir a tomar algo y despedirnos. En este momento yo estaba sufriendo la indiferencia de varias chicas con las que estaba intercambiando mensajes, forzando encuentros desesperadamente para conseguir al menos una conquista antes de dejar el país. Pero Aristóteles —siempre tan razonable y sosegado— me inspiró a tomarme un descanso del golfeo. Me dijo que iba a tomarse unos días para ver a su familia, desconectar y relajarse. Influenciado por él, decidí hacer lo mismo, y los últimos días en Rotterdam me olvidé de las mujeres. Una semana después volví a España y, al igual que Aristóteles, me tomé unos días de descanso para estar con mi familia y amigos y coger fuerzas para mis viajes en los próximos días.

En la tierra de Picasso

Por fin en España, renovado y con expectativas de pasar un verano inolvidable, mi amigo Morante y yo nos embarcamos en un viaje a la ciudad de Málaga, donde pasaríamos los siguientes 8 días.

Morante es uno de mis amigos de toda la vida, y es consciente de mi “afición” desde hace poco. Diría que es un natural por lo que tiene mas éxito con las mujeres que la media y en principio no tenía ninguna necesidad de hacer daygame como tal. Pero desde que ha conocido a algunos de mis wings, y nos ha visto en acción, hemos despertado su curiosidad e incluso ha hecho algunos “sets” por su cuenta. Sabiendo que Morante no solo acepta sino que además aprecia este arte, asumí que durante nuestro viaje podríamos golfear un poco.

Así que —tranquilamente para no agobiarle— realicé algunos sets durante este viaje. Estas son las estadísticas de aquellos días en Málaga según mi app:

Estadísticas de mi app "MyChurros"

El dato que mejor refleja los buenos resultados que he tenido en comparación con mi pobre rendimiento en suelo holandés, es que mi conversión approach-date y approach-lay mejoran mientras se mantiene el approach-contact. Esto puede ser debido a varias razones:

En cuanto a volumen de abordajes estoy sorprendido del alto número (37) ya que no tengo la sensación de haber tenido una actividad muy intensa. La mayoría se produjeron en eventos circunstanciales y solo realicé un par de sesiones cortas. Muchas de las interacciones ocurrieron “pescando” desde la terraza de algún bar o por la calle, de camino a cualquier lugar. Una parte importante fueron por la noche mientras estábamos de bares. Tres de ellos ocurrieron en la playa durante el día, resultando uno de estos en “lay” (que me la follé, hablando claro).

La mayor parte de las chicas con las que hablé eran españolas (21). Con estas no conseguí consolidar una cita pero si que tuve un par de buenos leads. El resto fueron extranjeras (16), la mayor parte de ellas pasaban unos días de vacaciones en Málaga.

Tanto la calidad como cantidad de chicas en la calle era abrumadora. Observé muchísimos grupos de chicas atractivas sin compañía masculina y bastantes solitarias. Bajo mi punto de vista, el nivel de hombres era mayormente pobre, por lo que la competencia era débil.

Como muestra la gráfica “game mode”, no solo hubo golfeo diurno (21), sino también un porcentaje considerable nocturno (13) y unos pocos abordajes de guttergame (3), de los cuales uno de ellos acabó por ser uno de los “lays”.

Filtré bastantes chicas de mayor nivel a las que no abordé. Por esta razón creo que la alta calidad disponible en Málaga no se ve reflejada en la gráfica “beauty” la cual solo representa el nivel de las chicas con las que hablé.

Bianca

Pescando una italiana

Tras instalarnos en nuestro apartamento encontramos un bar en el barrio de Pedregalejo llamado “La Santería”. Nos situamos en una mesa en la terraza con fácil acceso al paseo marítimo por si se daba la ocasión de practicar algo de “pesca”. Pedimos dos rones con cola y observamos la situación. Para un sábado noche el tráfico no era muy denso. El ambiente era más bien relajado ya que esta zona está un poco apartada del centro de la ciudad y es más tranquila.

Brugal añejo con Coca Cola Zero: 6€

Creo que fue ya con el segundo ron cola cuando pasó un grupo de cinco chicas muy arregladas y me llamó la atención una de ellas, rubia, piel morena, vestido negro y sandalias tipo gladiadora romana. En otra ocasión no me habría importado pararla directamente en frente del bar y dar el espectáculo pero esta vez no quería llamar mucho la atención para no incomodar a Morante. Dejé que el grupo de chicas avanzara un poco y las abordé cuando desaprecieron del rango de visión del bar.

“Hola, no he podido evitar fijarme en tu look de gladiadora, seguro que eres italiana”.

La conversación no duró más de 3 minutos pero fue suficiente para ganarme a las amigas, planificar vernos por el centro más tarde y quedarme el número de la que me gustaba.

Después del cierre le envié un mensaje con mi nombre para que guardara mi número y poco después recibí su respuesta: “let me know what you’re doing”.

De vuelta en el bar, se me olvidó contestar a este mensaje. Seguíamos con nuestras copas, cuando un par de españolas bastante monas entraron y se situaron en una mesa al lado de la nuestra. Morante les hizo algún comentario pero ellas no acababan de enganchar.

Más tarde, cuando yo volvía a la terraza después de otro intento de pesca, vi que Morante estaba entreteniendo a nuestras vecinas. Según me dijeron eran madrileñas y ellas mismas le habían invitado a sentarse con ellas.

Eran bastante jóvenes, ambas de 19 años, algo inmaduras, así que tuvimos una conversación bastante estúpida. A pesar de ello —o precisamente por esto— ellas parecían razonablemente entretenidas e interesadas en que siguiéramos la noche juntos.

Yo estaba disfrutando del momento, ya con el tercer ron cola, un poco borracho. De repente me di cuenta de que Bianca —la italiana que abordé un rato antes— y sus amigas estaban en otra mesa más alejada y probablemente habían observado todo nuestro flirteo con las españolas. Ni siquiera las ví entrar en el bar y después no supe como reaccionar a la situación así que tampoco las saludé en todo ese rato, por lo que supuse que ese frente ya estaba perdido.

No terminó de cuajar la interacción con las madrileñas, así que nos despedimos y nos fuimos al centro de Málaga en busca de nuevas aventuras. De camino escribí a la italiana, sin mucha esperanza de recuperar su atención. Pero para mi sorpresa, respondió, aunque diciendo que se marchaban pronto a casa porque al día siguiente viajaban a Marbella donde pasarían los siguientes días.

La noche siguió con dos enganches más —ambos con grupos de 2 chicas— pero que no conseguimos llevar más allá de un poco de flirteo y finalmente nos retiramos a dormir.

Puerto Banús

Al día siguiente al mediodía recibo un mensaje de Bianca: “Come to Marbellaa”. Interpreto esto como alto interés, así que enseguida me informo de su logística y cuadramos una cita para tomar algo en Marbella.

Bianca y sus amigas estaban alojadas en un apartamento situado en una zona apartada de Marbella donde no había absolutamente nada que hacer. Lo más cercano a su localización que parecía razonable para una cita era Puerto Banús, una zona de Marbella que tiene fama de lujosa ya que mucha gente adinerada frecuenta este lugar.

Quedamos en vernos allí y el lunes fui a verla. Tuvimos una cita que no fue de mis mas fluidas, pero que —a pesar de los errores que cometí— tuvo buen resultado.

Llegué a Puerto Banús algo más tarde de la hora acordada. Mi primera impresión del lugar fue que no tiene nada que ver con esa reputación de lujo y ostentación que se le dá normalmente. Tiendas de flotadores, guiris —no precisamente de la élite— borrachos por todas partes y baretos de mala muerte predominaban en el lugar. Antes de ir a la cita, un amigo que conoce bien la zona me recomendó un par de bares, pero también me advirtió de lo que había degenerado el lugar. Lo comprobé con mis propios ojos nada más salir de mi coche.

A pesar de aquella atmósfera tan cutre, avisé a Bianca de que había llegado y fuí a buscarla al bar que estaba con sus amigas. Se presentó luciendo un conjunto de pantalón corto, una especie de top/blusa suelta que desafiaba las leyes de la física dejando ver gran parte de sus pechos pero sin mostrar sus pezones, y por supuesto con sus sandalias de gladiadora que llevaba cuando la conocí. Tras encontrarnos nos saludamos con dos besos y nos dirijimos a uno de los bares que me recomendó mi amigo.

Bianca no hablaba español y su inglés era bastante precario. Yo le hablaba en spanglish y ella me respondía mayormente en italianglish por lo que todas las conversaciones fueron bastante básicas. A pesar de ello hubo mucho contacto físico, y como la atracción era mutua, el flirteo fluyó sin problema en general.

Conseguimos una mesa y ella pidió un margarita y yo un ron cola. Empecé metiendo la pata desde el principio. El primer error que cometí fue tirar demasiado pero quedarme corto empujando. Con esto quiero decir que mostré demasiado interés —por ejemplo, señalando qué me gustaba de ella— pero sin vacilarla convenientemente para compensar. Aun así conseguí robarle el primer beso al cual no puso ninguna resistencia. Creo que el momento en que me lancé fue algo descalibrado pero tuve la sensación de que si no daba el paso ya, la cita iba a tomar la dinámica equivocada. Funcionó y a partir de ahí hubo algún beso esporádico y caricias de cuello, brazos, cintura y piernas. Ella recibía mis avances positivamente pero de forma algo pasiva.

Eran ya eso de las 2 de la mañana, terminamos nuestras bebidas, pagué y nos movimos al siguiente bar. Por desgracia el resto de bares que me recomendó mi amigo estaban cerrados —por ser lunes— así que nos metimos en el primero que encontramos.

Era la típica discoteca de guiris, estaba casi vacía y la música era terrible. Pero a pesar de ello encontramos un sofá en un rincón tranquilo. Pedimos una copa y continuamos el flirteo. Ella se relajó más aún, empezó a suavizarse y ponerse más cariñosa. Hablando de masajes la conversación empezó a subir de temperatura.

En este punto hubo un pequeño obstáculo. Las amigas querían irse a dormir y solo Bianca tenía un juego de llaves del apartamento en que se alojaban todas. Sin mucho esfuerzo la convencí de que se quedara diciendo que más tarde la llevaría a su apartamento en mi coche. Así que quedó con sus amigas en que pasaran por el bar a recoger las llaves y ella se quedaría conmigo. Poco después las cuatro italianas irrumpieron en el bar, muy arregladas para un lunes noche, estaban buenas todas ellas. Me hicieron un buen chequeo y confiaron en dejar a su amiga conmigo. Tomaron las llaves y salieron del bar.

Tras terminar las copas, pagó ella y propuse ir “a tomar una última” a otro lugar. Viéndolo ahora con perspectiva creo que esto fue un error y que este habría sido el momento perfecto para llevármela a su casa, pero en el momento no estaba absolutamente convencido de que estuviera suficientemente caliente como para cerrar el trato.

Serían eso de las 3am. Caminamos un poco hasta que encontramos un pub que cerraba más tarde. Decidimos entrar. Tras caminar cuatro pasos me di cuenta del error de esta decisión. Ella era una chica bastante fina, la típica niña pija que frecuenta el brunch más caro de Milán, y este ya era el segundo bar de aspecto lamentable al que le llevaba. El ambiente olía a una mezcla de vómito, alcohol y desinfectante. Yo ya iba algo borracho y tenía que conducir así que pedí una Coca Cola e intenté entretenerla mientras ella terminaba su copa. Notaba que la situación empezaba a torcerse y empecé a dudar de que esto acabara bien. Sabía que para retomar la dinámica anterior teníamos que salir de ahí lo antes posible, así que sugerí llevarla a su casa en mi coche y eso hicimos.

En varias ocasiones durante la cita ambos verbalizamos ir a su apartamento, en ningún momento dijimos explícitamente que nos acostaríamos, pero la tensión estaba ahí.

Cuando llegamos a su barrio aparqué el coche de mala manera encima de una acera, ya que no quería perder tiempo dando vueltas al barrio y que ella se enfriara. Cuando salimos del coche la empujé contra la puerta de otro coche y la besé con intensidad. Ella respondió efusivamente lo cual tomé como confirmación de que quería que la acompañara a casa. Cuando llegamos a su puerta tocamos el timbre, una de sus amigas abrió y salió corriendo hacia su habitación.

Una vez en su cuarto la empujé contra la cama y mientras nos besábamos la desnudé parcialmente. Ella se abalanzó contra mi polla y mientras me la chupaba, yo observaba su cuerpo bronceado y definido. La dije que se sentara en mi cara y lamí su coño y su culo disfrutando de cada lametazo. Follamos hasta correrme en el condón mientras la montaba.

La habitación estaba a 40 grados por lo menos. Abrí las ventanas y nos quedamos dormidos. Me desperté tras un par de horas y la ví allí dormida, medio desnuda, con su melena rubia sobre la almohada. Esta imagen me puso duro de nuevo. Durante unos minutos pensé en cómo despertarla y calentarla de nuevo. No me hizo falta mucho esfuerzo. Me acerqué a su oido y le dije que quería irme antes de que sus amigas despertaran. Instantáneamente ella saltó encima de mí y poco después ya estábamos follando de nuevo. Tras montarla violentamente en varias posiciones le dije que se pusiera de rodillas en el suelo y me la chupara. Me corrí en su pecho mientras me miraba, con un charco de sudor debajo de nosotros debido a la intensidad del momento y el calor sofocante de la habitación. La levanté, la bese y la dije que se lavara. Pocos minutos después salí de su casa.

Léa

Pescando una mexicana

Unas horas antes de quedar con Bianca, en la mañana de ese mismo día, Morante y yo estábamos en la playa bebiendo una horchata bajo nuestra sombrilla. En ese momento visualicé por primera vez a Léa. Estaba en una de las duchas bajo el chorro de agua, llevaba un bikini negro que dejaba admirar su figura sin necesidad de echarle ninguna imaginación. El agua caía por su pelo castaño, oscuro al estar mojado, y empapaba su pequeño y bronceado cuerpo en el que destacaba un culo perfecto, seguido de unas largas y finas piernas. Atraído instantáneamente por esta imagen, empecé a maquinar cómo abordarla.

Léa volvió hacia la costa. Me fijé por dónde se situaba. Horchata en mano me dirigí a visualizar su posición mientras paseaba por la orilla. Ví que estaba sola en una toalla rodeada de sus cosas y sin pensarlo mucho me acerqué a ella. Me puse en cuclillas a su lado, consciente del espectáculo que la gente de mi alrededor estaba a punto de presenciar.

“Hola, perdona pero he visto que estabas sola y aburrida y me apetecía venir a decirte hola”. A partir de ahí tuvimos una conversación sin mucha relevancia, nos presentamos y mencioné que me gustaba como le sentaba el bronceado. Este comentario fue la única señal de interés que verbalicé. Creo que sólo el hecho de ir ha hablar con ella de esta forma tan descarada fue indicador suficiente de mis intenciones. Directo pero muy sutil. Me contó que era mexicana, pero vivía en Málaga y me hizo entender que no tenía muchos amigos y que por tanto sí que estaba realmente sola y aburrida. Me quedé su teléfono “para vernos otro día”.

Al día siguiente intercambiamos algunos mensajes y sin mucho rollo propuse cita. Quedamos en vernos dos días después. Ella salía de trabajar a las 22:00 y propuso quedar después de ello en un bar cerca de su casa para no perder mucho tiempo.

El día de la cita llegué al bar acordado a eso de las 22:30, ella llegó unos 10 minutos más tarde. Iba arreglada, pero no sexy. Llevaba un conjunto de pantalones y blusa demasiado “anchos” para mi gusto. A pesar de todo perdoné todo esto por su cara bonita y la energía femenina que desprendía.

Nos situamos en una mesa en la azotea del bar, con vista a la playa. Era de noche, pero no corría ni una gota de viento y hacía un calor húmedo bochornoso. Empecé a sudar a chorros, no sólo por el calor sino de lo nervioso que estaba, algo que me suele pasar en el inicio de las citas cuando la chica me gusta especialmente. Léa sacó un cigarro y empezó a fumar. Esto no me gustó, pero de nuevo se lo perdoné. La cita empezó en modo “entrevista”, uno frente al otro. La conversación no fluía y era aburrida, así que empecé a frustrarme. Me levanté y me excusé para ir al baño a secarme el sudor. Me lavé la cara con agua fría y me miré al espejo, concienciándome de que tenía que cambiar el rumbo de la conversación drásticamente.

Volví a la mesa, ahora más aliviado y con una estrategia más clara. Empecé a acusarla, descualificarme, hacer bromas, mostrar y quitar interés… En definitiva, rompí con la dinámica de entrevista. Léa fumó como tres cigarros más durante este rato.

Gracias a este cambio de rumbo, ella comenzó a abrirse más, y entre otras cosas me contó que su ex-novio —por lo visto un tío de Ciudad de Mexico, de una familia célebre en la ciudad— tenía un restaurante cerca de allí, y que era también bastante conocido en Málaga por sus negocios y por tanto también lo es ella. Esto me dió material para vacilarla toda la noche con que una familia de narcos estaba probablemente vigilándome y que estaba arriesgando mi vida por tener una cita con ella.

Cuando terminamos nuestras bebidas sugerí movernos a “La Santería” —el bar desde el que pesqué a la italiana— para la siguiente copa. Llegamos a este bar, nos sentamos en un sillón de la terraza uno al lado del otro y pedí rones cola para los dos. Esto es algo que he aprendido en anteriores citas: el truco consiste en elegir con convicción qué va a tomar ella. He observado que muchas aprecian el liderazgo y responden sorprendentemente bien a este movimiento.

Léa siguió consumiendo cigarros, uno detrás de otro, hasta que se quedó sin ninguno y se fué al bar de al lado a comprar otra cajetilla.

Mientras tomábamos nuestras copas, tiré de todos los recursos clásicos para avanzar físicamente. Roces accidentales, comparar morenos, hablar de sus tatuajes, de masajes… Y de nuevo —del mismo modo que con la italiana— me lancé a besarla en un momento algo descalibrado, pero por suerte ella me correspondió sin ninguna resistencia.

Acabábamos de empezar la segunda ronda de rones cola pero el bar ya estaba cerrando, así que pedimos vasos de plástico y trasvasamos los rones cola para llevárnoslos a la playa.

Eran pasadas las dos de la mañana. Estábamos solos en la misma playa donde un par de días antes nos habíamos conocido, apoyados en la proa de una pequeña barca que había sobre la arena, mirando hacia el mar. Léa seguía fumando y yo seguía perdonándoselo. El flirteo iba subiendo de intensidad, agarraba su cintura y ella se juntaba hacia mi, acercaba mis labios a los suyos y ella se lanzaba sedienta a besarme. Agarraba su cuello, tiraba de su pelo, le daba masajes de cabeza… Ella respondía positivamente a cada uno de mis avances. Podía notar lo caliente que estaba, era momento de ir a un lugar más íntimo.

Mi apartameno no estaba muy lejos, pero es que el suyo se encontraba a solo unos pocos pasos de donde nos encontrábamos. Al inicio de la cita parecía haber un gran obstáculo que nos impediría ir a su casa, y es que su hermana estaba visitándola durante unos días y se alojaba en su apartamento. Mientras estábamos en el primer bar, Léa me dijo que su hermana vendría a por las llaves de su casa, pero por alguna razón —probablemente intencionada— la hermana finalmente no apareció.

Así que en este punto lo más conveniente era movernos a su casa y la idea estaba empezando a cuajar en su mente. Me habló de sus gatos y le dije que en algún momento me gustaría que me los presentara. Al principio no fue fácil, ya que a cada uno de mis intentos de movernos a su casa ella ponía alguna objeción. Soltó el clásico de que no iba a ocurrir nada porque nunca hacía eso en una primera cita, que ella no era así y no quería arrepentirse al día siguiente. Resolví sus objeciones también con un clásico: verbalizando que ella tenía razón, que nada podía pasar y que no debería llevarme a su casa ya que soy una mala influencia. Cuanto más empujaba más atraíada la sentía. Verbalmente estaba apartándola pero físicamente seguía progresando. Morreos más y más fuertes, besos en la nuca, mordiscos, mientras le decía lo inconveniente que sería llevarme a su casa. En uno de estos tira y afloja, me miró y dijo: “vale, vamos a mi casa”.

La agarré de la mano y corté la escalada mientras caminábamos para liberar tensión y distraer su atención hasta que llegáramos a su casa. Fue un paseo corto, ella vivía en una antigua casa de pescadores a un minuto de la playa andando. Dentro de su casa, me presentó a sus gatos y se metió al baño.

No salió hasta unos 10 minutos después, no sé muy bien que hizo ahí dentro durante ese rato. Se sentó junto a mi en el sofá y empezamos a enrollarnos de nuevo. La intensidad iba aumentando progresivamente, avanzando sin prisa. Fuimos desnudándonos entre besos y caricias. Disfruté como un niño cada paso, cada centímetro de su piel que iba descubriendo. Nos movimos a su dormitorio y tras algunos preliminares, 69 y comida de culo incluidos, me puse un condón y comencé a follarla. La noté mojada, pero estaba algo tensa. Me dijo que estaba dolorida porque mi polla era “muy grande” —realmente no lo es, creo que más bien estoy en la media.

A los 10 minutos de montarla —sin llegar hasta el fondo porque le dolía— me sacó la polla y empezó a masturbarme ansiosamente pidiendo que me corriera. Aquí empecé a darme cuenta de su inexperiencia. Más tarde me confesaría que nunca había tenido relaciones de más de 5 minutos debido a la incompetencia de sus anteriores parejas. Le dije que aun quería disfrutarla un poco más, y tras dejarle jugar con mi polla un rato mientras yo jugaba con su coño, volví a penetrarla y me corrí en otro condón.

La intensidad del sexo no había sido especialmente alta, pero ella parecía exhausta. Se puso un pequeño pijama muy ligero y sirvió dos vasos de agua. Me tumbé en el sofá mientras ella se fumaba un cigarro en su balcón, cuando terminó se tumbó a mi lado.

Su apartamento era muy agradable y pintoresco. Sus gatos negros merodeaban alrededor, había algunos cuadros pintados por ella misma apoyados en una pared. Nos iluminábamos con las luces de las farolas del exterior. Se levantó y cogió un libro de la estantería. Era un libro de poemas de Neruda. Me leyó uno de sus favoritos.

Léa leía y yo me derretía escuchando cada verso salir de su boca, pronunciado en un precioso acento mexicano. Sentía el peso de su ligero cuerpo sobre mi, mientras acariciaba esa piel suave y bronceada. Ver la forma de su cuerpo de 23 años, su pelo, sus labios pronunciando cada palabra… Era un cúmulo de belleza natural difícil de describir. No exagero si digo que este es probablemente uno de los momentos mas crudos, placenteros y bellos que he experimentado en mi vida.

Volví a ponerme duro en no más de 10 minutos. Volvimos a la cama y follamos sin condón durante un rato. Ella tuvo algún orgasmo más y no pudo aguantar más así que no me corrí una segunda vez.

No fué ni mucho menos un polvo muy intenso, pero me dijo que “nunca había follado tanto en su vida”.

Poco después me dio señales para que abandonara su casa antes de que viniera su hermana. Me fui a mi apartamento a eso de las 4:00 sintiéndome como en una nube.

De pringado a maestro

Unos días después volví a quedar con Léa. Tomamos algo primero con mi wing Bonaparte, quién no solo nos entretuvo un rato con sus delirios mentales sino que además hizo un abordaje impecable mientras los tres caminábamos al primer bar. A Léa le encantó presenciar el espectáculo, incluso colaboró entusiasmadamente en el análisis de la jugada que hicimos posteriormente en el bar.

Bonaparte es pura comedia, tiene una personalidad única que engancha a cualquiera y es sin ninguna duda la persona con más juego que conozco. Tiene tanto juego que aunque lo intente no lo puede controlar. En aquel momento esto me dejó algo fuera de lugar. No le culpo ni le guardo el más mínimo rencor por lo que ocurrió, pero fue tan carismático y encantador que sentía que Léa estaba más atraída por él que por mi. A pesar de tirarse prácticamente el 90% del tiempo mirando su móvil —trabajando en generar una cita con otra chica para dejarnos solos— cualquier cosa que accidentalmente hacía o salía de su boca era más embaucador que ninguna de mis mejores bromas.

Finalmente Bonaparte consiguió quedar con su chica y nos dejó solos.

Merece la pena apuntar que Bonaparte abordó el día de antes a la chica con la que estaba a punto de quedar mientras ella iba corriendo por la calle. Yo presencié ese momento con mis propios ojos y ví como toda la interacción ocurrió mientras ambos corrían uno junto al otro sin parar. No pararon ni para apuntar su número. Parece ficción, pero es que Bonaparte es capaz de cualquier cosa. Esta no fué su única aventura del día. Horas antes quedó en la playa con una MILF Lituana — que también abordó en la calle frente a mi — y la mansturbó en el agua mientras su hijo jugaba en la orilla.

Nos despedimos de Bonaparte. Léa y yo nos fuimos a otro bar. Ella seguía fumando sin descanso, volvió a quedarse sin tabaco y compró otra cajetilla. Tomamos unas copas y nos fuimos a mi apartamento.

Por el camino le comenté que la primera vez que quedamos me había parecido algo inexperta. Reaccionó ofendida pero entre risitas. Me preguntó por qué pensaba eso y yo le expliqué los detalles que la delataban. Le dije que no veía su inexperiencia como algo malo, que había disfrutado de ello y que me había parecido que ella tenía un talento natural.

Volvió a hablarme de sus amantes incompetentes, y me dijo que solo había estado con 4 chicos en su vida y que ninguno de ellos la había complacido en la cama. Me dijo también que hasta ahora no era consciente de que fuera posible follar con tanta frecuencia, que no lo había hecho más de una vez a la semana nunca. La verdad que no puedo entender como un hombre no se follaría a esta criatura mínimo tres veces al día. Fantaseamos con encerrarnos en un hotel durante una semana para darle algunas lecciones.

Una vez en el apartamento coincidimos con Morante. Acababa de volver de una cita con una alemana que había pescado mientras tomábamos unos tintos de verano en la terraza de “El Pimpi”, clásico bar de Málaga. Cabe destacar que esta fue la única apartura en frío que Morante realizó en el viaje, y aún así la convirtió en cita sin mucho esfuerzo. La chica era una belleza, 22 años, alta, morena, cara y cuerpo de modelo. Su cita terminó cuando los padres de la alemana fueron a recogerla para volver a su hotel donde pasaban unos días juntos.

Saqué una botella de vino a la terraza para Léa y para mi. Ofrecí una copa a Morante por cortesía, pensando que captaría que era un buen momento para dejarnos solos y la rechazaría. Rechazó el vino, pero una hora después ya nos habíamos acabado la botella y seguíamos ahí conversando. Hablamos principalmente de su cita, de cotilleos amorosos y de Luis Miguel. Ya borracho y con ganas de matar a Morante, agarré a Léa del brazo y me la llevé a la habitación. Si fuera por Morante habríamos seguido ahí de charla hasta el amanecer.

Follamos durante unas dos horas en las que lo hicimos en cada rincón de la habitación, cama, sillas, suelo y ducha. Me corrí una primera vez, descansamos un poco, se encendió un cigarro y antes de que lo terminara se me puso dura de nuevo y Léa empezó a mansturbarme mientras fumaba.

La había prometido hacerle de tutor sexual así que le dí algunas lecciones básicas. Entre estas estuvieron la de cómo poner un preservativo o cómo hacer una buena mamada. Intenté algo de sexo anal, ya lo había intentado en nuestro anterior encuentro, pero era imposible penetrar ese agujero tan diminuto con solo mi saliba como lubricante.

Durante el post-coito me dijo que nunca tenía orgasmos y que conmigo había tenido como 50. Por supuesto exageraba pero no me cabe duda de que disfrutó la experiencia tanto o más que yo.

Tras un intento de dormir juntos, me dijo que prefería ir a casa, así que la acompañé y desde entonces no he vuelto a verla. Aunque la verdad es que espero repetir pronto.